Montar un Belén en familia es un acto que supone participación, negociación, arte, creatividad, compañía y muchas cosas positivas más, incluso pasión, si además eres creyente.
Este último no es mi caso, aunque bien es verdad que voy cediendo y a veces desearía que existiera Dios y me ayudara a pasar algunos tragos amargos. Pero no, que no me viene la fé. Os confieso que ayer casi he rezado. He dicho: si existes, por favor, échame una mano, no quiero vover a pasar una depresión, haz que me recupere.
Luego he recordado que las cosas van bien, que estando un poco triste soy más creativo, necesito más a mis amigos y me acuerdo más de ellos, y de mi familia, quiero más a mi mujer y a mis hijos. Así que no está mal parar un poco la máquina.